El movimiento del silencio

A M. L.

 

Pesados vestigios, de frustraciones que alimenta,

no repara en versos, ni en las planicies de un latido,

duerme y respira en cada abrazo de la noche.

 

Desea en su perplejidad, sonámbula de horizonte,

dispersa los recuerdos del presente en un café,

en una caricia que vuela sin alas.

 

Redime en cobardía, la hidalguía trasnochada,

los afluentes de su canto,

la alegría en culpa, de una belleza desmedida.

 

Cansada y ausente, regala su levedad

ya no pausa ni acumula,

ya no perpetua el silencio…

 

mujer

Manuel de la Cuesta
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